El corazón de México tiene nombre de madre
Pensar, decir y hacer: responsabilidad de la 4T
Vicente Morales Pérez
En México existen millones de historias que rara vez aparecen en los grandes discursos políticos, pero que explican mejor que cualquier estadística el verdadero rostro del país. Historias que comienzan antes del amanecer, entre el sonido de una olla en la cocina, un uniforme escolar preparado con prisa y unas manos cansadas que, aun así, encuentran fuerza para seguir adelante. Ahí están las madres mexicanas: sosteniendo hogares, levantando familias y manteniendo viva la esperanza incluso en los momentos más difíciles.
Cada 10 de mayo nuestro país se llena de flores, festivales y canciones. Pero detrás de esa celebración existe una realidad mucho más profunda. Hablar de las madres es hablar del esfuerzo silencioso que durante generaciones ha mantenido unido a México.
Durante décadas, millones de mujeres enfrentaron pobreza, desigualdad y abandono institucional mientras intentaban sacar adelante a sus hijos. Muchas fueron madres y padres al mismo tiempo. Otras tuvieron que trabajar jornadas dobles o triples para garantizar alimento, educación y estabilidad emocional en sus hogares. Mientras la política tradicional hablaba de modernidad y crecimiento económico, miles de madres mexicanas hacían milagros cotidianos para sobrevivir.
Por eso hoy resulta imposible entender la transformación del país sin reconocer el papel de las mujeres y particularmente de las madres de familia.
La Cuarta Transformación ha impulsado una visión distinta de gobierno: una donde el bienestar social importa más que los privilegios de unos cuantos. Una visión donde las familias trabajadoras vuelven a ocupar el centro de las decisiones públicas. Y dentro de esas familias, las madres representan una fuerza fundamental.
Las pensiones para adultos mayores, las becas para estudiantes, los programas sociales y las políticas de bienestar no son solamente números o estrategias administrativas. Son herramientas que alivian, aunque sea parcialmente, las cargas que millones de mujeres han llevado solas durante años.
La Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo representa también un momento histórico para muchas mujeres mexicanas. Su llegada al liderazgo nacional simboliza décadas de lucha de quienes abrieron camino desde el esfuerzo cotidiano, muchas veces desde el anonimato.
Porque las madres mexicanas no solamente forman hogares: forman ciudadanos, valores y conciencia social.
México tiene rostro de madre campesina, de madre obrera, de comerciante, de maestra, de enfermera, de emprendedora. Tiene el rostro de las abuelas que volvieron a criar generaciones enteras y de las mujeres que nunca dejaron de luchar aun cuando la vida parecía demasiado dura.
El 10 de mayo no debería reducirse únicamente a una fecha comercial. Debe ser también una oportunidad para reflexionar sobre el país que queremos construir. Un país donde ninguna mujer viva violencia. Donde ser madre no implique renunciar a oportunidades. Donde el trabajo doméstico y de cuidados deje de ser invisible.
La mejor manera de honrar a las madres mexicanas no está solamente en las palabras, sino en construir una sociedad más justa para ellas y para sus hijos.
Porque si algo ha demostrado la historia de México, es que nuestras madres nunca se rinden.
Ellas han sostenido al país en medio de crisis económicas, enfermedades, violencia y dificultades sociales. Han sido refugio, fortaleza y esperanza para millones de personas.
Y quizá por eso el pueblo mexicano siente un cariño tan profundo hacia sus madres. Porque en ellas reconocemos el sacrificio, la dignidad y el amor más generoso que existe.
Porque cuando una madre sale adelante, una familia avanza. Y cuando millones de madres avanzan, avanza México.
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