Cuando se Apaga una Voz
Esta semana Tlaxcala perdió algo más que a una periodista. Se
murió Susana Fernández Ordóñez y con ella se fue una parte de la memoria
incómoda, valiente y fundacional del periodismo local. No es exageración ni
homenaje automático: es contexto. Y el contexto, como bien sabía Susana,
importa.
Fue la primera mujer periodista en Tlaxcala. Dicho así suena
a dato de efeméride, pero en realidad es una advertencia: antes que ella, las
mujeres no escribían la historia pública del estado; la leían desde la orilla.
Susana se metió al centro, cuando no era fácil, cuando no era seguro y cuando
no era bien visto.
Mientras hoy hablamos de likes, métricas y viralidad, ella
ejerció el periodismo cuando lo importante era preguntar bien, sostener la
pregunta y aceptar el costo. Porque siempre hay un costo. A veces es el
aislamiento, a veces el ninguneo, a veces el silencio incómodo en una sala
llena.
También fue académica, rectora, formadora. Entendía algo que
hoy parece olvidado: que el periodismo no solo informa, forma criterio. Y que
sin criterio no hay ciudadanía, solo espectadores.
Su muerte ocurrió en una semana donde Tlaxcala estuvo llena
de noticias “importantes”: estrategias turísticas presentadas en España,
alertas por heladas, brotes de sarampión, discursos oficiales, boletines bien
planchados. Todo eso que llena la agenda… pero no siempre llena la
conversación.
La partida de Susana, en cambio, obliga a una pausa. A
preguntarnos quién cuenta hoy sobre Tlaxcala y desde dónde. Porque
no es lo mismo informar que incomodar, ni comunicar que ejercer memoria.
En un estado pequeño donde todos se conocen, donde el poder
tiene nombre y apellido el periodismo crítico nunca ha sido cómodo. Y quizá por
eso se vuelve urgente recordar a quienes abrieron camino cuando no había
aplausos ni protección institucional.
Hoy que se habla tanto de libertad de expresión, conviene
decirlo claro: no se hereda sola. Se construye, se defiende y se pierde si no
se ejerce. Y se pierde rápido.
Susana Fernández pertenece a esa generación que entendió el
oficio como responsabilidad pública, no como escalón político ni como branding
personal. Eso, en estos tiempos, ya es casi un acto de rebeldía.
Su muerte no debería ser solo una nota luctuosa ni un
“descanse en paz” de compromiso. Debería ser una pregunta abierta:
¿Quién está contando hoy lo que incomoda en Tlaxcala?
¿Quién está formando a los nuevos periodistas para resistir
la tentación del silencio fácil?
¿Quién va a recordar lo que el poder preferiría olvidar?
Porque cuando se apaga una voz como la de Susana Fernández,
no solo se pierde una persona. Se pone a prueba a toda una comunidad.
Y ahí es donde el periodismo se vuelve conciencia pública y,
precisamente por eso, debería tomarse en serio: no como ornamento, sino como
responsabilidad social.
Nancy Blancas
Punto y Aparte
imperio893@gmail.com
Comentarios