Tlaxcala y el reto de un árbitro electoral firme
En Tlaxcala
hay temas que no admiten evasivas. La reciente decisión del Instituto
Tlaxcalteca de Elecciones vuelve a poner sobre la mesa una discusión de fondo:
¿tenemos reglas claras y, sobre todo, aplicadas con la misma vara para todos?
Desde el
Partido Acción Nacional en la entidad, la postura no es de confrontación por sí
misma, sino de advertencia. Cuando la autoridad reconoce la existencia de
propaganda anticipada —bardas, espectaculares, lonas— pero decide no sancionar
ni ordenar su retiro, el mensaje que se envía es delicado: que adelantarse
puede salir gratis.
Y eso, en
cualquier democracia, erosiona la confianza.
No se trata
únicamente de un diferendo entre partidos. El señalamiento apunta a una
inconsistencia que preocupa: mientras a
medios de comunicación se les ordena retirar contenido, en otros casos
similares donde ves evidente la publicidad en bardas y espectaculares por
doquier, se opta por llamados de atención. Esa falta de uniformidad no solo
genera dudas jurídicas; alimenta una percepción de trato desigual que termina
afectando la credibilidad institucional de un árbitro electoral.
En un
contexto donde ya aparecen nombres y estructuras vinculadas a servidores
públicos, la línea entre lo
institucional y lo político se vuelve cada vez más difusa. Y ahí es donde la autoridad electoral debe ser especialmente
firme.
Pero más
allá de la coyuntura, la discusión de fondo es otra: ¿qué hace falta en
Tlaxcala?
Hace falta,
primero, un árbitro electoral fortalecido. No solo en atribuciones legales,
sino en capacidad operativa y determinación. La equidad en la contienda no
puede depender de interpretaciones flexibles ni de votaciones divididas
resueltas por voto de calidad. La ley debe ser clara, pero también oportuna.
Hace falta,
también, una cultura política distinta. No basta con señalar al adversario;
todos los actores deben asumir que respetar los tiempos no es una cortesía, es
una obligación. Adelantarse no es estrategia, es una distorsión del proceso
democrático.
Y hace
falta, quizá lo más importante, poner al ciudadano en el centro. Porque
mientras la clase política discute bardas y espectaculares, la gente sigue
esperando respuestas en seguridad, empleo, salud y desarrollo. La equidad
electoral no es un fin en sí mismo: es la condición mínima para que esas
decisiones se tomen de manera legítima.
Nuestro
señalamiento no debería verse como un episodio más de disputa partidista, sino
como una oportunidad para corregir. Si el proceso rumbo a 2026–2027 comienza
con dudas sobre el piso parejo, difícilmente terminará con confianza plena en
los resultados.
Tlaxcala
necesita instituciones que no solo observen, sino que actúen. Que no solo
reconozcan irregularidades, sino que las corrijan. Y que, sobre todo,
garanticen que competir en política no dependa de quién se adelanta más, sino
de quién propone mejor.
Asi, que a
ponerse las pilas.
Ángelo Gutiérrez Hernández.
Presidente
del PAN Tlaxcala.
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