La soberanía no se grita… se construye
En los
últimos días, Tlaxcala ha sido escenario de asambleas, reuniones y encuentros
donde una palabra se ha repetido una y otra vez: soberanía.
Desde los
liderazgos nacionales hasta los representantes locales de la llamada Cuarta
Transformación, el mensaje ha sido claro: defender la soberanía de México
frente a los retos que enfrenta el país.
Pero vale la
pena hacer una pausa y preguntarnos: ¿qué significa realmente defender la
soberanía?
La respuesta
va mucho más allá de un discurso o de una consigna política.
La soberanía
es la capacidad de una nación para decidir su propio destino, proteger sus
instituciones y actuar con independencia, pero también con inteligencia, frente
a un mundo cada vez más interconectado.
Hoy México
vive momentos complejos. La relación con Estados Unidos exige firmeza, pero
también diálogo. Compartimos una de las fronteras más dinámicas del mundo, una
intensa relación comercial y millones de familias tienen vínculos en ambos
países.
Defender la
soberanía no significa cerrar las puertas ni romper relaciones.
Significa
negociar de frente, con respeto y sin renunciar a los intereses nacionales.
Ese mensaje
ha sido retomado en las asambleas que se realizan en distintos estados,
incluido Tlaxcala, donde el llamado ha sido fortalecer el proyecto político y
respaldar las decisiones que, desde el gobierno federal, se presentan como
parte de la defensa de la nación.
Sin embargo,
la soberanía no puede quedarse únicamente en los discursos de una reunión
política.
También debe
reflejarse en la vida cotidiana de los mexicanos.
Hay soberanía
cuando un joven encuentra oportunidades sin tener que emigrar.
Hay soberanía
cuando un productor del campo puede competir con reglas justas.
Hay soberanía
cuando las empresas generan empleos dignos y cuando las familias viven con
seguridad.
Hay soberanía
cuando la justicia funciona y las instituciones responden a los ciudadanos.
Porque un
país fuerte no se mide por el volumen de sus discursos, sino por la fortaleza
de sus resultados.
Las asambleas
pasarán. Los discursos terminarán y los aplausos se apagarán.
Lo que
permanecerá será la capacidad de convertir esas palabras en políticas públicas
que mejoren la vida de la gente.
La defensa de
la soberanía no comienza en un templete.
Comienza
cuando un gobierno fortalece su economía, protege el Estado de derecho,
invierte en educación, impulsa el desarrollo y genera confianza en sus
ciudadanos.
Ahí es donde
la soberanía deja de ser una consigna.
Y se convierte en una realidad.
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