Soberanía energética con responsabilidad
México se encuentra en un momento decisivo en materia energética. La reciente presentación de la Estrategia para Fortalecer la Soberanía Energética por parte de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo abre un debate necesario, profundo y, sobre todo, impostergable: ¿cómo garantizar el desarrollo del país sin depender excesivamente del exterior?
Durante décadas, nuestro
modelo energético ha transitado entre la apertura y la dependencia. Hoy, los
datos son contundentes: consumimos alrededor de 9 mil millones de pies cúbicos
de gas natural al día, y cerca del 75 por ciento proviene del extranjero,
principalmente de Estados Unidos. Esta realidad, como bien lo ha señalado la
secretaria de Energía, Luz Elena González Escobar, nos coloca en una posición
vulnerable ante factores que no controlamos, como son los cambios en precios
internacionales, fenómenos climáticos o decisiones geopolíticas.
Frente a ello, la estrategia
planteada por el gobierno federal busca algo más que un ajuste técnico, propone
un cambio de rumbo. Apostar por la eficiencia energética, ampliar la
participación de energías limpias del 24 al 38 por ciento hacia 2030, y aprovechar
de manera responsable nuestros recursos naturales, son pasos en la dirección
correcta. No obstante, es fundamental reconocer que este camino no está exento
de desafíos.
Uno de los principales “peros”
radica en la complejidad de la transición. La dependencia del gas importado no
desaparecerá de la noche a la mañana, sino que será un proceso gradual que
podría extenderse entre 10 y 15 años. Esto implica mantener, en el corto y
mediano plazo, una relación estratégica con nuestros socios comerciales,
particularmente con Estados Unidos, mientras fortalecemos nuestras capacidades
internas.
Asimismo, el impulso a la
producción nacional de gas, como lo ha expuesto el director de Pemex, Víctor
Rodríguez Padilla, abre una discusión relevante sobre el equilibrio entre
desarrollo económico y sostenibilidad ambiental. La explotación de yacimientos
convencionales representa una oportunidad inmediata, pero el debate sobre los
no convencionales que será evaluado por un comité de especialistas, deberá
conducirse con rigor científico, transparencia y responsabilidad social.
No podemos ignorar que el
mundo avanza hacia energías más limpias y sostenibles. En ese sentido, México
tiene la oportunidad de no repetir errores del pasado. La transición energética
no debe ser vista como una disyuntiva entre desarrollo y medio ambiente, sino
como una oportunidad para armonizar ambos objetivos. Incrementar la generación
renovable no solo reduce emisiones, sino que también fortalece nuestra
independencia y competitividad.
Desde el Poder Legislativo,
acompañar este proceso implica generar marcos normativos sólidos, fomentar la
inversión responsable y garantizar que los beneficios de esta transformación
lleguen a todas y todos los mexicanos. La soberanía energética no es un
concepto abstracto, sino que se traduce en tarifas más estables, en mayor
certidumbre para la industria y en mejores condiciones de vida para la
población.
Sí, hay retos y también
riesgos, pero también hay la convicción clara de que México no puede seguir
dependiendo mayoritariamente de lo que ocurre fuera de sus fronteras para
sostener su desarrollo.
Avanzar hacia la
autosuficiencia energética es, en esencia, una decisión estratégica de largo
aliento. Requiere visión, disciplina y, sobre todo, unidad. Vale la pena asumir
este desafío, porque en ello no solo está en juego nuestra seguridad
energética, sino la posibilidad de construir un país más fuerte, más justo y
verdaderamente soberano.
Ana Lilia Rivera Rivera
Senadora de la República por
el Estado de Tlaxcala
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