Convención Tlaxcala, los retos que vienen
Si algo dejó
la Convención Tlaxcala no fue una consigna ni una postal para el recuerdo, sino
una inquietud necesaria: el mayor riesgo no viene de fuera, sino de dentro.
Aparece cuando creemos que ya hicimos lo suficiente, cuando pensamos que basta
con repetir lo que en algún momento funcionó. Esa sensación cómoda, casi
imperceptible, es la que termina debilitando cualquier proyecto.
Por eso, lo
que ocurrió en Tlaxcala no puede leerse como un evento más. Fue, en el fondo,
un llamado a mirarnos con honestidad. A entender que la unidad no se construye
a partir de aplausos fáciles ni de acuerdos superficiales. La unidad de verdad
incomoda porque obliga a escuchar lo que no siempre gusta, a reconocer errores,
a abrir espacios a quienes han estado demasiado tiempo al margen. Y eso, aunque
cueste, es lo que la hace fuerte.
También
implica asumir que confiar no es lo mismo que dejar de exigir. Un movimiento
que no se cuestiona a sí mismo corre el riesgo de vaciarse. No basta con
compartir un mismo horizonte; hace falta darle contenido, rumbo y sentido a lo
que hacemos todos los días. La crítica, cuando es honesta, no debilita, más
bien sostiene, corrige y permite avanzar con mayor claridad.
Nada asegura
que las cosas saldrán bien por inercia. Lo que sí está en nuestras manos es la
capacidad de hacerlo mejor: de convertir las demandas en resultados concretos,
de acortar la distancia entre lo que se dice y lo que se cumple, de entender
que gobernar también implica rectificar sin miedo.
Ese desafío
exige algo más que buenas intenciones. Nos obliga a elevar la conversación
pública, a dejar atrás los diagnósticos repetidos y apostar por soluciones que
puedan medirse, sostenerse y mejorar con el tiempo. Los problemas cambian,
evolucionan y se vuelven más complejos. Entenderlo a tiempo puede ser la
diferencia entre avanzar o quedarse atrás.
La
Convención Tlaxcala abrió una puerta en ese sentido. Pero abrirla no basta, hay
que cruzarla. Es decir, que la academia no solo observe, sino que incida; que
el sector productivo no solo exponga, sino que se comprometa; y que las
comunidades no solo sean escuchadas, sino tomadas en cuenta en las decisiones.
Sobre todo,
significa dejar de ver la inclusión como discurso. Las mujeres, las juventudes,
el campo, las y los trabajadores no necesitan espacios decorativos, sino
participación efectiva. Si queremos que lo que estamos construyendo se
sostenga, tendrá que hacerse con más voces, con más miradas y con una base
social cada vez más consciente y activa.
La
inseguridad, por ejemplo, sigue siendo una preocupación real para muchas
familias. No se trata de cifras, sino de experiencias cotidianas. En ese
sentido, la paz debemos construirla poco a poco, en la vida diaria, con
coordinación, con tiempo y con una visión que entienda la complejidad del
problema.
La seguridad también tiene que ver con oportunidades, con educación, con comunidad. No puede separarse del desarrollo social ni de la reconstrucción del tejido que sostiene a las personas en su día a día. Entonces, mirarla de forma integral es una necesidad.
Lo que viene
no será sencillo. Va a exigir generosidad, altura de miras y, sobre todo,
humildad para entender que nadie tiene todas las respuestas y que muchas de
ellas solo pueden construirse colectivamente.
Si algo dejó
claro Tlaxcala es que no estamos solos. Hay una sociedad atenta, participativa,
dispuesta a involucrarse. Y a esa realidad no se le responde con discursos
cerrados, sino con apertura, con trabajo constante y con la disposición de
construir incluso cuando hay diferencias.
Al final, lo
que está en juego no es solo que un proyecto continúe, sino que sea capaz de
transformarse, de corregirse y de estar a la altura de su tiempo. Y eso no se
logra con certezas fáciles, sino con compromiso real.
Ana Lilia
Rivera Rivera
Senadora
de la República por el Estado de Tlaxcala
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