Pensiones dignas sí, privilegios no
En México, hablar de pensiones siempre toca fibras
profundas. Se trata del reconocimiento que una sociedad hace a las personas que
dedicaron su vida al trabajo, al servicio público o a la construcción cotidiana
del país. Una jubilación digna no es un privilegio: es un derecho legítimo y
una expresión elemental de justicia social.
Por ello voté a favor de la reforma al artículo 127
constitucional que establece criterios de justicia y responsabilidad
presupuestaria en los esquemas de jubilaciones y pensiones financiados con
recursos públicos. Esta reforma permite garantizar un uso responsable del
dinero de todas y todos los mexicanos y, al mismo tiempo, evitar excesos que
durante muchos años se permitieron en algunos sistemas de retiro del Estado.
Es importante decirlo con toda claridad: esta reforma no
elimina el derecho a una pensión ni desconoce la dignidad que debe acompañar a
toda jubilación después de una vida de trabajo. Por el contrario, busca
fortalecer un principio básico de cualquier democracia que aspire a ser justa:
que los recursos públicos se administren con responsabilidad y pensando siempre
en el interés colectivo.
Durante décadas, el sistema de pensiones en el sector
público convivió con profundas desigualdades. Mientras millones de trabajadores
en México han tenido que enfrentar sistemas de retiro con ingresos limitados,
también existieron esquemas que permitían pensiones muy por encima de lo
razonable, financiadas con dinero público. Ese contraste no solo es
financieramente insostenible, también resulta éticamente cuestionable.
La iniciativa presentada por la presidenta Claudia
Sheinbaum Pardo, y aprobada por unanimidad en el Senado, establece un criterio
elemental de coherencia constitucional: si la propia Constitución fija límites
para las remuneraciones en el servicio público, también resulta lógico
establecer parámetros para las pensiones que se pagan con recursos del Estado.
No se trata de una medida arbitraria ni de una decisión
contra quienes dedicaron su vida al servicio público. Se trata de poner orden
en un sistema que durante años permitió distorsiones que hoy el país ya no debe
sostener.
La reforma también aclara algo fundamental: no afecta los
ahorros individuales para el retiro ni los sistemas construidos con las
aportaciones de las y los trabajadores. Tampoco pone en riesgo los apoyos
sociales que reciben millones de personas adultas mayores y personas con
discapacidad, políticas públicas que hoy representan uno de los pilares del
Estado social que estamos construyendo.
En otras palabras, no se toca el derecho de las personas
trabajadoras a su retiro. Lo que se establece es un principio de
responsabilidad cuando esos recursos provienen del presupuesto público, es
decir, del esfuerzo de todas y todos los contribuyentes.
Esta discusión, en el fondo, nos invita a reflexionar
sobre el sentido del servicio público. Quien decide servir al país desde una
responsabilidad pública debe entender que su tarea no es acumular privilegios,
sino contribuir al bienestar colectivo. El servicio público no puede concebirse
como un espacio para perpetuar beneficios desproporcionados financiados por la
sociedad.
La reforma al artículo 127 constitucional busca
precisamente armonizar dos principios que deben caminar juntos en cualquier
Estado democrático: garantizar el derecho a una pensión digna y asegurar el
manejo responsable de los recursos públicos. Esa es la lógica de fondo. No se
trata de confrontar derechos ni de desconocer trayectorias laborales; se trata
de construir un país más justo, donde el dinero del pueblo se administre con
honestidad y donde las instituciones respondan verdaderamente al interés general.
En la vida pública, la congruencia es indispensable. Si
aspiramos a consolidar un Estado que combata la desigualdad y que utilice los
recursos públicos con ética, entonces también debemos revisar aquellas
prácticas que durante años permitieron excesos. México puede y debe garantizar
pensiones dignas para quienes han trabajado toda su vida. Pero también debe
asegurar que ese compromiso se sostenga con reglas claras, responsables y
justas.
Porque cuando hablamos del presupuesto público, hablamos del esfuerzo de millones de personas. Y ese esfuerzo merece siempre respeto, transparencia y responsabilidad.
Ana Lilia Rivera Rivera
Senadora de la República por el Estado de Tlaxcala
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