Redes, algoritmo y territorio
Vivimos en un
tiempo en el que una noticia puede recorrer miles de kilómetros en cuestión de
segundos y en que una publicación puede alcanzar a miles de personas antes de
que alguien se pregunte si lo que está viendo es cierto. Las redes sociales
transforman nuestra manera de comunicarnos y, con ello, cambian profundamente
la conversación pública.
Son una
herramienta extraordinaria para informar, participar y acercar a la ciudadanía.
No debemos temerles ni pretender regresar a una época en la que pocos hablaban
y muchos solamente escuchaban. La democracia necesita voces diversas,
participación y libertad para expresar nuestras ideas.
Pero esa
enorme capacidad de comunicar también implica una gran responsabilidad. Lo que
compartimos puede informar, pero también confundir y alimentar la
desinformación. Por eso, utilizar las redes exige criterio, ética y, sobre
todo, respeto por la verdad.
Una
publicación puede hacerse viral y no representar lo que piensa una comunidad.
La cantidad de reproducciones no determina la realidad, como tampoco un
algoritmo puede sustituir la conversación directa con las personas.
Por eso creo
que, en política, el territorio sigue siendo insustituible. Caminar una
comunidad, conversar con sus habitantes y escuchar a las mujeres, a los
jóvenes, a los productores, a las personas adultas mayores y a quienes
enfrentan todos los días los problemas de su entorno nos permite conocer una
realidad que ninguna pantalla puede mostrar por completo.
En mis
recorridos por Tlaxcala he encontrado preocupaciones muy concretas: el acceso
al agua, la seguridad, la salud, el campo, el empleo, la educación y las
oportunidades para las nuevas generaciones. Son realidades que no caben en una
publicación, que no siempre se vuelven tendencia y que, desde luego, no pueden
resolverse desde un teléfono.
El territorio
nos obliga a escuchar. Y escuchar es el primer paso para comprender y
transformar la realidad. Cuando estamos frente a frente, no sólo escuchamos una
opinión: podemos preguntar, comprender el origen de una preocupación, conocer
sus distintas dimensiones y, sobre todo, construir soluciones junto con la
comunidad. El diálogo directo tiene algo que ni las redes ni el algoritmo
pueden ofrecer: la posibilidad de mirarnos a los ojos, reconocer nuestras
diferencias y encontrar aquello que nos une.
No se trata
de enfrentar el territorio con las redes sociales, sino de entender que cumplen
funciones distintas y pueden complementarse. Las redes amplían la conversación,
pero el territorio nos ayuda a comprender de dónde nace. Las redes informan y
conectan, pero el contacto directo nos permite escuchar, preguntar y entender.
Quienes
participamos en la vida pública tenemos una responsabilidad mayor frente a la
información que compartimos. Podemos discrepar, cuestionar y debatir con
firmeza, pero pensar distinto no convierte a nadie en enemigo. Mucho menos
justifica recurrir a la mentira, la descalificación o la manipulación para
obtener una ventaja política.
La pluralidad
no debilita a un movimiento ni a una sociedad. Lo que realmente los debilita es
la incapacidad para escuchar, respetar y convivir con las diferencias. Tlaxcala
tiene una larga tradición de comunidades que saben organizarse, dialogar y
defender aquello que consideran justo. Esa fuerza no nace de un algoritmo ni de
una plataforma digital: está en su gente.
Por eso
debemos volver una y otra vez al territorio. No para ignorar lo que ocurre en
las redes, sino para poner cada conversación en su justa dimensión: verificar
antes de creer, escuchar antes de juzgar y dialogar antes de confrontar.
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