Cultura, poder y proyección: cuando el cine también es política

Cultura, poder y proyección: cuando el cine también es política

La imagen fue potente: la presidenta Claudia Sheinbaum junto a la actriz mexicana de talla internacional Salma Hayek anunciando un paquete de incentivos fiscales para fortalecer la industria cinematográfica en México.

No fue solo un acto cultural. Fue un mensaje político.

El gobierno federal presentó estímulos para atraer producciones nacionales e internacionales, con beneficios fiscales que buscan hacer de México un destino competitivo para filmaciones. En términos económicos, hablamos de inversión, empleos, derrama regional y fortalecimiento de la industria creativa. Pero en términos estratégicos, hablamos de narrativa país.

El cine no solo cuenta historias: construye percepción.

Y aquí hay un elemento que no pasó desapercibido: la unidad femenina. Dos mujeres en posiciones de liderazgo una desde el poder público y otra desde la industria global enviando una señal clara de colaboración. En un país donde la representación femenina ha sido históricamente limitada en los espacios de decisión, esta imagen proyecta algo más que una política pública; proyecta sincronía y respaldo simbólico.

La cultura también es diplomacia interna.

Además, el impacto de estos incentivos no se limita a estudios y alfombras rojas. Cada producción cinematográfica activa cadenas económicas completas: hoteles, restaurantes, transporte, servicios técnicos, promoción territorial. El cine se convierte en una herramienta de posicionamiento turístico.

Los ejemplos sobran: destinos que después de una película se transforman en rutas obligadas para visitantes nacionales y extranjeros.

La pregunta entonces es inevitable: ¿qué estados sabrán aprovechar esta nueva etapa?

México es vasto en escenarios naturales, coloniales, arqueológicos y urbanos. Y en esa diversidad, Tlaxcala tiene una oportunidad clara. Desde sus zonas arqueológicas hasta su arquitectura virreinal, pasando por sus paisajes naturales y su identidad cultural, el estado podría convertirse en un set cinematográfico con impacto económico directo.

Imaginar producciones filmándose en Tlaxcala no es fantasía; es estrategia territorial.

Si el incentivo federal busca descentralizar la industria y ampliar las sedes de grabación, los gobiernos estatales tendrán que ser proactivos: facilitar permisos, generar infraestructura, profesionalizar servicios locales y promover activamente sus locaciones.

Porque el cine no solo deja aplausos. Deja ocupación hotelera, consumo local y posicionamiento internacional.

Lo ocurrido entre Sheinbaum y Hayek es una señal de cómo cultura y política pueden alinearse en un proyecto común. Ahora la pregunta es quién sabrá traducir esa señal en desarrollo regional.

Ojalá que, cuando las cámaras comiencen a rodar, Tlaxcala no solo aparezca como espectadora… sino como protagonista


Nancy  Blancas

Punto y Aparte 

imperio893@gmail.com