2026: Entre incertidumbres, crisis y oportunidades
Este año 2026 que recién comienza, se perfila como un año de retos sin precedentes y decisiones cruciales. Desde la estabilidad global hasta crisis regionales como la de Venezuela, pasando por las prioridades nacionales de México. Las fuerzas que definirán este año requieren innovación y visión estratégica, liderazgo con sensibilidad social y compromiso con la democracia y el desarrollo sostenible.
Tras un 2025 marcado por tensiones comerciales, incertidumbre económica
y la aceleración de transformaciones tecnológicas, el nuevo ciclo que inicia no
viene libre de desafíos. Exige respuestas audaces desde múltiples frentes: en
lo político, lo económico, lo social y lo ambiental.
A escala internacional, una operación militar en la que fuerzas de Estados Unidos capturaron al presidente Nicolás Maduro y a su esposa en Caracas, Venezuela, ha generado reacciones encontradas de gobiernos de todo el mundo, desde condenas por violaciones al derecho internacional hasta respaldos parcializados según la postura política de cada país.
Este episodio marca un antes y un después, no sólo para Venezuela, sino también para la región, pues la legitimidad y la soberanía nacional están en discusión, lo que podría desencadenar cambios profundos en la política interna venezolana y en las relaciones internacionales en Latinoamérica.
En este contexto, debo subrayar que el fortalecimiento de la democracia debe entenderse como el único camino legítimo para impulsar cambios de régimen y transformaciones profundas en la vida pública, siempre desde la vía pacífica y el respeto al Estado de derecho. La historia demuestra que la violencia no genera soluciones duraderas, sino fracturas sociales, dolor y retrocesos institucionales. Por el contrario, una democracia sólida se construye con instituciones fuertes, participación ciudadana informada y el ejercicio responsable de los derechos políticos, donde el diálogo y la deliberación sustituyen a la confrontación.
En México existe una democracia plena en la que el pueblo goza de libertades fundamentales como la expresión, la organización, la manifestación y la participación política. Estas libertades permiten que las inconformidades y las propuestas de cambio se canalicen de manera abierta y legal, sin recurrir a la imposición ni a la fuerza. Por ello, es indispensable preponderar siempre los movimientos pacíficos y rechazar cualquier forma de violencia, entendiendo que solo a través de la convivencia democrática, el respeto mutuo y la voluntad popular se pueden lograr transformaciones legítimas y sostenibles.
Sin embargo, lo que sucede en nuestro alrededor nos hace ver que 2026 emerge en un contexto de geopolítica volátil y economía global ralentizándose. Organismos de análisis económico señalan que las tensiones comerciales persistentes, los posibles choques financieros y la reconfiguración de cadenas de valor seguirán afectando el crecimiento mundial. Asimismo, el tablero geopolítico muestra conflictos sin solución a la vista, lo cual profundiza la incertidumbre global.
Los riesgos no son menores: existe preocupación por una posible burbuja en el sector tecnológico, impulsada por inversiones masivas en Inteligencia Artificial y activos relacionados, lo que podría desencadenar correcciones bruscas en los mercados financieros. Este fenómeno se articula con debates sobre el papel dominante de grandes gigantes tecnológicos y la sostenibilidad de ese modelo económico.
El ritmo de cambio tecnológico también plantea tensiones geopolíticas: la competencia entre potencias como Estados Unidos y China por el liderazgo tecnológico y comercial seguirá influyendo en acuerdos, sanciones y alianzas en 2026.
En el ámbito nacional, los desafíos son múltiples. La economía del país apunta hacia un crecimiento moderado —con estimaciones que oscilan cerca del 1.3% a 1.5% del PIB para 2026—, lo cual limita el espacio fiscal para expansiones significativas. La renegociación del tratado comercial con Estados Unidos y Canadá será crucial para la competitividad de las exportaciones, el flujo de inversiones y las reglas laborales y ambientales.
Integrar la tecnología —especialmente IA y digitalización— con programas de educación y capacitación será clave para aumentar productividad y competitividad global. Por otra parte, la transición energética y tecnologías limpias abren oportunidades para nuevas inversiones en energías renovables y financiamiento verde. Todos estos factores demandan políticas públicas con visión de largo plazo y articulación entre gobiernos, sector privado y academia para estimular la innovación y fortalecer los cimientos económicos.
Por eso, como lo decía al principio de este artículo, 2026 se perfila
como un año de retos sin precedentes y decisiones cruciales. El mundo está en
transición, y cómo respondamos a estos desafíos será la historia que contemos
en los próximos años. La pregunta es si estamos listos para transformar la
incertidumbre en progreso compartido.
Ana Lilia Rivera Rivera
Senadora de la República por el Estado de Tlaxcala
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