La juventud como raíz del cambio
Por años he sostenido una convicción que no nace del discurso, sino del camino andado: la política que transforma no se hace desde el escritorio, se construye en el territorio, escuchando, mirando a los ojos y dialogando con la gente. Escuchar a Tlaxcala ha sido, desde hace casi tres décadas, una práctica cotidiana que me ha enseñado que cada comunidad guarda una lección y cada voz, una propuesta posible. Hoy, esa certeza cobra un sentido especial cuando pienso en la juventud, en su energía crítica y en su legítima exigencia de futuro.
Caminar las comunidades, asistir a asambleas, conversar con madres,
campesinos, estudiantes y trabajadores me ha confirmado que escuchar no es un
gesto simbólico ni un acto de cortesía política. Es una responsabilidad
pública. De ese diálogo surgen las ideas que dan forma a mi trabajo
legislativo; ahí se encuentran las claves para construir leyes y políticas que
respondan a la realidad de Tlaxcala y no a abstracciones alejadas de la vida
diaria. Escuchar es, en el fondo, un ejercicio de respeto.
En ese escuchar permanente, la voz de la juventud ocupa un lugar
central. Las y los jóvenes no solo preguntan qué país heredarán, también nos
interpelan sobre el país que estamos construyendo hoy. En el diálogo que
sostuve con estudiantes de la Universidad del Valle de Tlaxcala confirmé algo
que me llena de esperanza: hay una generación consciente, crítica y
profundamente interesada en transformar su entorno. Escuchar a la juventud no
es una concesión, es una necesidad para pensar políticas públicas con visión de
largo plazo y sentido social.
He dicho y lo reitero: la soberanía científica y tecnológica no es
patrimonio exclusivo de los grandes centros industriales. También se construye
desde los estados, desde las aulas, desde el compromiso de jóvenes que
entienden su realidad y desean mejorarla. Tlaxcala quizá no compite en las
mismas condiciones que otros polos de desarrollo, pero tiene una riqueza
invaluable: su conocimiento acumulado, sus sistemas productivos resilientes y
sus saberes ancestrales.
Nuestros conocimientos tradicionales no pertenecen al pasado; son
herramientas vivas para enfrentar los desafíos del presente. El reconocimiento
del metepantle tlaxcalteca como Sistema Importante del Patrimonio Agrícola
Mundial nos recuerda que aquí se ha sabido cuidar la tierra, preservar la
biodiversidad y sostener la vida durante siglos. Ese saber dialoga hoy con la
ciencia contemporánea y abre oportunidades reales para un desarrollo
sostenible, justo y con identidad.
Desde el Poder Legislativo tenemos la responsabilidad de crear los
marcos normativos y presupuestales que orienten ese rumbo. Por eso he impulsado
iniciativas estratégicas, como la reforma constitucional en materia de tierras
raras, convencida de que la soberanía también se defiende garantizando que los
recursos clave para las tecnologías del futuro estén al servicio de la nación y
de su gente.
A las y los jóvenes de Tlaxcala quiero decirles algo con absoluta
claridad: la ciencia y la tecnología no son ajenas ni distantes. Son
herramientas para transformar su comunidad, para resolver problemas reales y
para imaginar un país más justo y digno. Su mirada, su creatividad y su
compromiso son indispensables para construir ese futuro que anhelamos.
Tlaxcala no es solo un territorio; es memoria, raíz y comunidad. Avanza
cuando sus voces se escuchan y se convierten en propuestas. Por eso seguiré
caminando, dialogando y aprendiendo de su gente, convencida de que el verdadero
cambio nace cuando la juventud se reconoce como protagonista y el Estado asume,
con humildad, la tarea de escucharla.
Ana Lilia Rivera Rivera
Senadora de la República por el Estado de Tlaxcala
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